-puede que sea así-
Esa sensación que me creó,
esa foto,
o más bien el recuerdo de esa foto.
Iba caminando y me detuve a darle un beso,
el sol estaba justo,
el viento era una brisa suave y
en la esquina de una calle,
enfrente a un café,
me sentí en esa foto,
y por algún mecanismo de mi cabeza,
mi memoria,
me transportó a esa foto,
como si toda experiencia estuviese fotografiada.
Y si me pudiesen ver los ojos rojos
en ese instante por el flash de algún fotógrafo
que en el pasado sacó esta misma foto
en alguna ruina circular del pasado.
Visitaría la foto.
Son los tres grados de separación,
es la piedra angular de toda nuestra existencia,
una casualidad
demasiado singular.
Es la casa de la memoria
que todos tenemos enterrada en algún lugar:
donde nuestro palier está custodiado por un gigante rapado
y blanco lechoso
que guarda la puerta
y conduce nuestro camino hacia adentro de nuestras casas,
donde se vislumbra un pasillo largo siempre iluminado
y con apariencia de escenario de teatro
iluminado con sus partes oscuras,
donde nos escondemos para ver la obra,
donde pasan las personas,
ese cuarto oscuro
que es la cocina
o a veces el living
o el comedor diario,
acostados encima de la mesa —desnudos—
sobre los restos de comida de alguna familia desordenada
o muy cansada que no quiso levantar la mesa después de cenar
y decidió irse a dormir
y dejar todo para otro día,
algo mas tarde,
llegás a la puerta
y descubrís un ventanal que da a un patio,
que tiene una bajada extraña
donde al final del bajón verde hay un pileta sin agua
o algo así.
Esa es la foto
esa es la foto que visitaría,
una
y otra vez.