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19 Mar

– sin título –

El lugar del café repta en hilos calientes de humo, los cigarrillos quemados se apilan de pitadas desinfladas en el cenicero derretido de cerveza. Los relojes de pulsera y los platos de pared marcan las manecillas de su hora, en la torre de los ingleses, de donde se escapan 11 campanadas.

Escupe ruidos en los pasillos de azulejos y chicles engomados, el subte veloz, donde se citan paredes de guerras entre peces y dragones, que con sus fuegos amarrillos y rojos queman las escamas, y con sus bocas, los peces, comen dragones, y a las mujeres que iluminan los caminos. El ruido de estas peleas ensordecen el ambiente, que de por sí, oscuro y guerrero camina con la gente. Todos los golpeteos de las sandalias juegan con las bases frenéticas del trompetón, del volatinero ciego que departe sonrisas vacías de dientes y juegos de palabras; que exudan vasos de criadores añejos.

Corren esos pasos perdidos por saltos y escaleras de agua, por carreteras perdidas y fuentes subterráneas de sabiduría. Corren desoladas solas desconsoladas disímiles dados que ruedan perdiendo todas las apuestas. Corren los pasillos, se deslizan lentamente, ante mis ojos, dos de los cuales, desorbitados por tanta pastilla; se pierden entre tantas baldosas. Corren las paredes patinosas, como agua celestial, de manantial subterráneo. Como se deslizan los pies aceitados por el piso verde, que se pega a las suelas de las sandalias, de los cien pasos y cigarrillos desplazados por los pasillos empantanados. Jurando “no pasa nada”, ocultándose tras las caras de cientos de personas, que no conocen la amistad.

Rodeados de velas que se apagan como los cientos de pasajeros del subterráneo; fríos y rapaces de los ojos rumiando envidias y deseos, desesperados por la soledad. Ella sentada en su asiento de pana violeta, suyo destinado asiento de sabiduría; de búho que mira el ocaso desde las penumbras de las ramas de un árbol. Que muerto no deja de descansar sus hojas en el piso de tierra que lo rodea, dedestinado; destinado a ella. Para esperar el tiempo que se apaga entre cada estación y día. Entre cada flor que no puede crecer sin aire, entre cada flor sin que una mano le ahorque la circulación de sus tallos amarillos. Los vidrios cristalinos rayados de inscripciones de bitácora y carta, dejan sus sonidos en el vagón; de encuentros, de personas desconocidas.

Ella estaba allí, sentada, de esa forma en la que ella se sienta, retraída en dos piernas enredadas entre si, con sus manos que protegen sus muslos y con sus manos entrelazadas que se protegen; formando una flor, con sus pétalos en capullo, sin florecer. Ella va a tener un nombre de flor, de esos que rememoran las flores cuando se olvidan sus nombres y su sustancia. Cómo te llaman?, Cómo te nombran?, cómo?. Ella camina con los pasillos, ella espera por las esquinas aparezca el sol.

Entra al subte, entra al vagón y las luces se apagan cada 100 metros de vías y electricidad. Las personas desaparecen y ella se eclipsa todavía más. Espera todas las estaciones hasta llegar al destino, otoño cuando las hojas caen amarillas y marrones de tiempo. Se para en la butaca, se despega de la pana violeta de asiento retro y camina lentamente, recordando como se camina, y grita:

–hola, recuerden donde están, mañana no lo sabrán, nunca más días de sombra, fuego que corre por los pasillos del subte, fuego que corre por mi garganta, por favor; que alguien lo apague-.

Observa el reflejo de los cables del túnel en el vidrio rayado y no queda tiempo, la puerta se abre, la puerta se cierra. Ella se para de su asiento y camina hasta la rendija movediza que se separa en filamentos de vidrio, no son esas puertas de subterráneo viejo, no son las puertas de la línea A, no son otras que las eléctricas, de esas que sólo y automáticas, se manejan por computadora, se abren en cada estación y la gente pasajera que rota por los pasillos del subte y conoce las estaciones desconoce porque se acuerdan de abrir, de abrirse.

Aparecen en cada trayecto vendedores de todas las edades y de todas las descripciones, viejos y jóvenes con cara de viejos, que regalan caramelos y estampas de vírgenes de rosarios y flores, en fotos de compraventa, que molestan en las manos y con besos engatusan a los pasajeros, “no les compres no son dioses”, son como vos.

Ella se levanta despacio de su asiento sobresaltada por la estación, “acá me bajo”; parada frente a la puerta de vidrio lo vio a él. Él la vio a ella. Se vieron y no encontraron las palabras para hablar, y como rápido que fue el encuentro el subte emprendió viaje hacia su próxima estación.

 

 

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