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20 Mar

– La posibilidad –

Pasaban las luces rojas y blancas a toda velocidad por la calle, levanté la mano y me subí a ese taxi. Dentro del vehículo la tachera estaba llorando.

Le habían asaltado y yo estaba ahí en ese momento incomodo, en el que tenía que actuar como el mesías salvador, aquella esperanza que existe en el resto de la especie humana, en el mundo, lo que queda de resquicio de humanidad flotando en la marea de resaca.

O la hija la había llamado al celular que estaba colgado del espejo retrovisor, sus ojos me miraron y evitaron hacer contacto. Las madres tienden a sentirse alertadas frente a los llamados después de cierta hora. Con el correr de los años, más tarde de las nueve de la noche lo único que puede significar ese timbre del aparato de alarmas es la muerte, la pérdida de un miembro, una extremidad que se encuentra colgando de un hilo, pendiendo al abismo y al tacho la carrera como modelo. Por supuesto mi hija es lo suficientemente hermosa para ser modelo, no importa que en ese momento estuviese lechonuda, una madre siempre ve a sus hijos con los ojos de una madre, el más hermoso del mundo, la tautología implícita en toda definición que una madre puede brindar.

La imparcialidad o la objetividad no entra dentro del horizonte de expectativas de una mujer que ha nutrido y fomentado una cantidad de expectativas inalcanzables sobre sus hijos. Por otro lado, una madre que no mira a sus ojos, sus hijos con la maternidad que puede tener alguien que ha sacado un ser de entre sus piernas, sólo queda esa ínfima de amor. La historia niega la existencia del instinto materno, lo único que existe es la prueba viviente de la asfixia. O eso dicen los hijos.

Un ladrón desencadena una serie de posibilidades, una concatenación de probabilidades que se amontonan como fotografías. Una sobre otra creando la posibilidad de un segundo, reunido de a décimas en potencia. La repetición de esa película conocida por toda persona que ha visto su vida al filo de un cuchillo escondido dentro de un bolsillo, mira que te corto, trolito de mierda; mira que lo saco –la consecución lógica de toda difamación de género u orientación en la elección de objeto, cabría en el genitivo a elección-, al abismo de un cañón del revolver encubierto, observá que mi dedo es todo el proyectil que yo deseo. Infinidad de proyecciones y duplicaciones, esto a la potencia de mil, exponencialmente hablando.

Quizás, y si me equivoco, que resulta muy probable, la muerte es la representación fidedigna de nuestra imposibilidad lógica de resultar no poco inmortales. La experiencia límite a la que somos sometidos, repite en nuestros oídos ese cántico fúnebre, esa entonación de marcha que machaca cual parca.

Esto, sólo es posible si la que maneja el taxi es una mujer pues un hombre que llora, hubiese desencadenado otra serie de suposiciones. El hombre duro, … no baila, y menos que menos llora por esas cosas. Se permite eso sí, una lágrima por su equipo y la reprime momentáneamente para el posterior, lo que pasa es que me emociona mucho. Y aún así, resulta inconcebible. Esto, en el mundo de fantasías de esa especie añeja del macho motorizado.

Llevame a tal lado, es lo primero que uno dice al montarse en el asiento, después emite un quejido que asemeja lo que en las reglas de cortesía, era referido como un saludo, un recibimiento de confirmación y tomado como un hola, por favor y la civilidad de por medio. Estoy apurado, aprete es pedal que en esta cafetera nos morimos de calor, chofer, chofer y así hasta la esquina. Si viviésemos en un mundo de quimeras. Por favor abra la ventana que su sobaco huele a mil diablos.

Te llaman por teléfono y atendés con toda rapidez y presuroso de no perder la comunicación, puesto que la llamada es importante, tu novia quiere decirte y recordarte que no olvides tal compromiso. O fue la secretaria, en ese momento del celular, la voz se multiplica en infinidad de resultados posibles, emitir cualquier nombre puede resultar un juego de suma cero, el ganador es aquél que no pierde. Mi amor, siempre es una buena respuesta, tu secretaria lo va a apreciar; tu novia te recompensará con lo que acostumbren a intercambiar en materia de fluidos; tu madre, te acordaste de mi, olvidate lo que te iba a pedir. Lo lamentable es realizar el asombroso desabrimiento de que sos sordo, ese tapón de cera te impermeabiliza todo contacto con el mundo exterior, encontraste esa membrana que protege, un extra útero.

-¿Se encuentra bien?-. Le pregunté al mirarle sentada detrás del volante.

Sin embargo, podría ser que estuviese moqueando por el frío de la noche.

pollock

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