4-

20 Mar

– Demasiado singular –

“A hundredth of a second here, a hundredth of a second there – even if you put them end to end they still only add up to one, two, perhaps three seconds snatched from eternity.”

– Robert Doisneau

Recuerdo cuando estábamos en esa esquina de brazo en brazo, esperando cruzar la calle. El sol, escondido, luminoso a través de sus rayos, golpeaba nuestros ojos. Nos agarramos las manos y nos abrazamos. Vos te acordaste de esa foto en Paris, y yo también. “Los bares en esa ciudad no son como los de acá. Las mesas diminutas, acalambradas una al lado de la otra, y en conversación mutua. Los mozos no son los mismos y el café es distinto, pero en fin; son similares”, Yo te decía mientras te agarre de un brazo, con fuerza y nos dimos un beso; un segundo. En la vereda se pararon, esta pareja de parisinos y sonrieron, se cruzaron ahí, enfrente. Del otro lado de la calle, apenas pasada la esquina de brazo en brazo. Embrazados.

Paris, cada calle, en cada esquina se distingue, sus autos, salen siseando y esquivando a los transeúntes. Los días soleados hay que aprovecharlos, aunque algunos prefieran los jardines con un poco de llovizna, y de esa forma que la ciudad en un efecto de error, se convierte en una laguna de paraguas; indescifrable. Negros y a motas de distintos colores; a veces formando espejismos. Como una única oleada, que recorre por la ciudad, derribando, tragando a su paso a las personas. Cobijándolas.

En este mundo, el error está; justo en las similitudes. Como si estas fuesen un error de creación. Lo raro es que nadie sospecha cuan idénticas pueden ser las tizas blancas que bosquejan nuestra existencia. Resquebrajan nuestras siluetas con un trazo entrecortado, sin aliento. Como las siluetas dejadas por la memoria en las paredes que recubren los terrenos baldíos, allí donde acaso había un edificio, allí donde vivieron varias familias insospechando el fruto de la casualidad. En la pared se puede ver, aún nítida la forma que dejó, el placard. La forma que dejó estampada la cama de ella; y se observan difumados los cuadros que colgados añares cayeron impolutos. Dejando una silueta similar a una ventana, donde ella se sentaba a mirar hacía afuera, donde todo era distinto, no acalambrado como el aire de la casa. Demasiado parecido.

Ellos iban caminado y fueron fotografiados. Reproducidos por un ojo, un ojo en la laguna, un ojo en el cielo que mira y une con sus dedos, largos y sedosos, tan frágiles como imágenes fotográficas. Y son siempre las mismas, parientes, gemelos temporales. Caminan a la par por todos lados, brazo a brazo, por la vereda de enfrente, recubiertos de algún brillo de flash, que hace que sus ojos luzcan perpetuas ráfagas, que se pierden en la lluvia de verano.

Recuerdo una tarde, sentado en la vereda de un bar, vagando por el paisaje que se enfrentaba a mis ojos. No escuchaba nada de lo que se decía, nada de lo que se gritaba, y gritaban demasiado alto. Pasaron caminando, y se detuvieron frente a mí, sin ser visto, se cruzaron entre sí en un beso. Mi sorpresa fue en aumento al ver que sus ojos se teñían de rojo, como en una pesadilla demasiado fría. Y de esa forma tan singular, desaparecieron. Uno tras otro. Uno encima del otro.

doisneau_kiss.jpg


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