6-

22 Mar

– helena –

En el día de mi casamiento mi futura esposa se enteró que yo tenía una hermana escondida todo ese tiempo a su conocimiento. La nuestra no era la primera ni la única familia que obturaba algún secreto, no nos hacía más interesantes, no nos daba placer ni ninguna recompensa perversa ocultarla, no lo sé, simplemente, así ocurrió en mi infancia, en mi familia. Yo no sabía la historia de mi familia ni porqué motivo le había ocultado dato semejante a ella.

Nunca voy a saber si las historias que me contaron cuando era chico reflejaban la realidad de lo sucedido. Pero ahí, en ese tiempo, todo parecía real; mi hermana había dormido su vida desde los cinco años, recortándola en un largo sueño que duró hasta su muerte:…

Puedo ver una foto con dos árboles enredándose en una leve inclinación de tierra, allá a lo lejos estaba la casa. En ese tiempo, lo sentía cerca, ahí vivía mi familia. La casa estaba coronada por una catarata de rejas rojas, y amurallada por paredes blancas, que no respiraban por las enredaderas verdes que la entumecían. El balcón que capitaneaba el frente siempre tenía las celosías cerradas; desde la mañana hasta la noche; de invierno a invierno, en esa casa de verano.

Las ranas saltaban entre la hierba blanca del jardín y los saltamontes agitaban las patas con sus ruidos fundiendo el ensordecedor atardecer; mamá nos llamaba a mi hermano Charlie y a mi, para que nos laváramos las manos y la cara antes de la cena y que paráramos de hacer ruido que molestaban a nuestra hermana Helena.

A la mierda como odiábamos las tardes en esa casa. El sol nos comía los cachetes y el pasto nos percudía las rodillas. Una vez adentro la rutina era la misma. Peleas, gritos de acá para allá, peleas, crujir de dientes y portazos. Creo que lo que más recuerdo son los portazos. La casa temblaba y se bamboleaba y los pasillos ominosos recordaban cuentos de terror.

A mí y a mi hermano Charlie nos obligaban a dormir la siesta, las horas más frescas se perdían entre guerras de almohadas y frazadas deshilachadas que servían a la construcción del fuerte. Era el Álamo entre las planicies de madera, las mesetas se perdían a nuestra vista y las plumas nos hacían equivocar quienes eran indios y quienes cowboys. En ese momento no teníamos idea que en el Álamo no había habido indios ni cowboys, ni nada parecido, el ejército regular y los reservistas se enfrentaban con las milicias armadas y los vendidos mejicanos que se habían quedado varados en un dilema territorial. No parábamos de reír, era una guerra compuesta por un batallón entero de dos personas.

Las batallas en casa eran muy frecuentes; lo eran entre nuestros padres. Las horas se medían en largos truenos de postigos. Y sobre todo, después de la recaída de Helena, mi hermana menor, según recuerdo, que era muy mona al nacer, sus ojos vivarachos miraban todo frenéticamente, cuando creció aún callada, sus ojos se fueron apagando. Pero aún hoy recuerdo cierta estela en sus ojos.

Nos tocó una época difícil para la medicina, no sabían bien que era lo que pasaba con las traumáticas recaídas de Helena y ella enmudeció por completo en el año de sus cinco años, días después de su cumpleaños, nadie más escuchó su voz. Hoy trato de recordarle siquiera el timbre agudo de su voz; extraño en su cuerpo, más extraño por lo fugaz de su duración.

Tronó un día jueves a la mañana y los gritos de Helena enmudecieron la casa por última vez, el médico llegó ese día sin noticias nuevas y sus visitas se fueron espaciando en el tiempo como el paso lento de una tortugo avejentado con lentes cancinos. El jueves era el día que mamá limpiaba su invernadero, llegaba cansada de trabajar y se encerraba en su jardín eterno. Las plantas habían crecido lo suficiente como para alimentar de oxigeno a toda la manzana de casas y los barrios aledaños a la nuestra, pero el aire no lograba escapar. Mamá cerraba la puerta y nos hacía respetar la regla a raja tabla. Sus flores necesitaban ese aire. El invernadero blanco se encontraba junto a la casa y a pesar de las estaciones permanecía verde todo el año, aún cuando las hojas amarillas de los árboles lo taparan con sus brazos. La naturaleza cobraba vida imperecedera, respiraba colores y tomaba su líquido con las raíces que de tan grandes se habían tomado la libertad de invadir nuestra casa. Ese jueves el trueno que anunciaba al rayo de la tormenta vecina, había hecho crujir los cristales del techo del cobertizo. Las plantas sangraron clorofila roja en los ojos de mamá.

Como era de esperar ese día las discusiones arreciaron en redobles de batallas. Nuestro papá no contaba con la fuerza necesaria para enfrentar semejante batahola, los años de espera y silencio lo habían desgastado hasta convertirlo en la cáscara de lo que había sido. Un hombre duro y sencillo con gustos exóticos y genuinos, que nos hacían pensar en él como un hombre de mundo. Su estudio estaba cerrado a nuestros ojos pero intuíamos grandes secretos y verdades escondidas en su escritorio y por sobretodo en su infranqueable biblioteca. El estudio ocupaba en la casa el altillo. A este cuarto de la casa se accedía a través de una escalera espiral detrás de una puerta en la cocina. El fondo de la casa era la biblioteca de pies a cabeza, palmo a palmo de libros: medicina, arqueología, forense, filosofía, oscurantismo, tauromaquia, viajes, ficción extranjera, inefables volúmenes enciclopédicos. En ese momento él era resquebrajados recuerdos de una foto vieja, gastada de tanto maltrato.

¡Timmy, Charlie a comer!- gritaba mamá a la mañana siguiente, -¡el desayuno está en la mesa, bajen ahora! Charlie limpiaba sus lagañas con el antebrazo dormido y se cepillaba los dientes sin esfuerzo, su aliento por esos días daba a pensar en los búfalos muertos en el Álamo, y su movimiento de gato adormecido nos retrasaba y enfurecía a mamá. Papá leía desinteresado el diario y miraba el techo de la cocina con los ojos cerrados. Helena estaba en su cuarto, seguramente dormida. Ya no desayunaba con nosotros, tenía su propia llamada a desayunar y su propia comida para almorzar y esta no era con nosotros. Mamá la alimentaba a pecho aún dormida.

El día empezaba para nosotros, a la escuela y desaparecíamos de la casa durante el día. El fluir de las horas arrullaba el río del tiempo en las clases de matemáticas y moría en el intervalo de la literatura y la geografía. Nuestros compañeros de clases barullaban el sonido del aire con sonidos animales cuando el profesor de matemáticas daba tareas y los aeromodelismos decoraban el cielo del aula. El recreo se recortaba en períodos de fútbol y camisas sudadas, que hacían empañar las ventanas altas de nuestras aulas y los profesores obligaban a los alumnos, abrirlas.

El año escolar extenso e inerme no cumplía con el propósito que nuestros padres buscaban. Mantenernos alejados de la casa lo suficiente como para poder dormir una siesta tranquilos, pero; lo necesitado para atender a nuestra hermana que requería su completa atención.

Su día era el siguiente: a la mañana hacían el simulacro del día para Helena. El doctor les había recomendado hacer el teatro del día normal, aunque ella no moviese pestaña. La vestían y le encomendaban tareas, ordenar el cuarto, vaciar la vejiga, tranzarse el pelo, ordenar los juguetes, recordar las palabras olvidadas que se habían perdido en su mente, y una serie de actividades relacionadas con lo cognoscitivo; prácticas con números, prácticas con letras, prácticas con sonidos. Infructuosa y desesperanzadas veces los números del teatro no sobrepasaban en cantidad las desalentadoras peleas entre mamá y papá. Helena mantenía su impertérrita mirada en el jardín. Con frondosa vigilia sus ojos vacíos miraban por la ventana, a través de las celosías cerradas. Mamá se paraba en la esquina del cuarto y la miraba durante horas a Helena… Papá a media mañana se iba a la oficina y volvía a media tarde a encerrarse en el altillo. Mamá seguía con sus lágrimas la mirada de Helena como se perdía entre los haces de luz que se filtraban entre las celosías, mientras el polvillo aciago se acumulaba en pátinas sobre ellas.

La tarde llegaba y el colectivo nos dejaba a media cuadra en la esquina del puesto de diarios. Las noticias llegaban a raudales y las imágenes de las fotos de los diarios mojaban nuestros ojos con colores y espesas ideas de desilusión: la guerra en Eurasia hacía disminuir las reservas de trigo y soja en las arcas del estado, las hambrunas se esparcían como bulbos de un árbol gigante que había perdido la vergüenza y los cambios climáticos recrudecían el fenómeno del Niño; demás palabras grandes que no entendíamos.

El camino desde el puesto de diarios hasta casa era interminable. Charlie me hablaba del profesor Graham, que lo había suspendido en el último examen y no quería que mamá se enterase…

[…]

al final del camino

5 comentarios to “6-”

  1. santiago marzo 22, 2007 a 2:54 am #

    paul moadib?

  2. moadibelmesias marzo 22, 2007 a 3:24 am #

    totalmente

  3. the russian marzo 22, 2007 a 3:39 am #

    Bienvenido.

  4. santiago marzo 22, 2007 a 1:33 pm #

    moadib, afortunado encuentro. Muy bien escrito.

  5. santiago marzo 22, 2007 a 6:58 pm #

    gracias russian, muy amable

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