20-

10 Jun

– Montresor y Fortunato –

 

―¡Por el amor de dios, Montresor!

 

     Puso el anteúltimo ladrillo. Cada vez había más oscuridad allí, donde lo único que se veía era el sonido del fuego en las miles de campanillas resplandecientes regadas sobre el cuerpo de Fortunato. Además, lo otro que se oía, era el olor del vino en la risa de Montresor.

 

―Si…, por el amor de dios.

 

―¿Pero a dónde se va? Por favor no se vaya ―gritaba Fortunato.

 

     El último ladrillo iba tapando, granulando la luz que entraba en la celda donde Fortunato iba a morir. Montresor se alejaba, caminando despacio y su mano temblaba, no por lo que acababa de hacer, sino por el frío de las catacumbas debajo de su palacio.

 

     El enladrillado profundo que recorría varios metros de longitud, varios metros bajo tierra en los que Montresor sabía que no podía dejarlo vivo, a él, a Fortunato, puesto que lo había atacado y que, por lo tanto, debía vengarse pues tal era su motto familiar. Aquel que lo perturbaba y lo hacía parte de una funesta tradición, que llevaba en su sangre genealógica y de la cual no podía escapar: Nemo me impune lacessit.

 

     Caminaba despacio, tratando de no tropezarse con las cajas de madera rotas que habían tirado al piso cuando se dirigían hacia ahí, probando vino de amontillado y jerez. Las botellas de vino reposaban cubiertas de una fina película de tierra, la luz era escasa, movediza, eludía al ojo y se escapaba de la antorcha en pequeñas ráfagas sedientas de aire. El aire era escaso y seco, a la vez, corría como el viento, buscando una salida por donde escapar, de allí, desde donde no había tal cosa.

 

     Montresor avanzaba despacio murmurando algo inaudible, hasta para él mismo, cada paso era una palabra más, cada paso descansaba otra palabra en su boca adormecida de vino y venganza espesa.

 

―In pace.

 

     Cuando logró atravesar toda la extensión de las húmedas catacumbas, giró primero su cabeza y luego el cuerpo entero. Miró hacia el otro extremo y repitió las palabras que venía saboreando con la lengua pastosa.

 

―In pace… requiescat.

 

     Fortunato gritaba sus alaridos ahogados, dejando para sí, lo único que le quedaba, su último trago de amontillado y unas campanillas de arlequín que dejaban de sonar.

 

 

Para leer el cuento original de Edgar Allan Poe “El barril de Amontillado” traducido al español presione aquí.

Para leer el cuento en lengua original “The Cask of Amontillado” presione aquí.

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