25-

16 Jul

-wastelan-

 

Hay ciertas cosas que, cuando camino me despiertan, de repente me rememoro posibles deseos que inconscientemente les rehúso prestar la debida atención. Como cuando jugaba cuando era chico, y como las canciones de la infancia que toda la gente recuerda fácil, como tararear las cancionetas que mis papas cantaban para hacerme dormir, se convierten en tarareos incongruentes,

 

las bocinas y las máquinas tragaperras de los locales incinerantes que hay en algunas calles donde la depresión de las calles donde los pubs son sótanos de casas de renta y prostíbulos redondos donde las paredes rojas lastiman las retinas y el olor pesado a tabaco de las cortinas de encaje baratas y sin lavado asiduo, como las berretadas de las decoraciones más absurdas juegan alegremente por las paredes como si pudiesen fundir y pasar desapercibidas, ya que no hay ninguna chula con sentido de la decoración, aunque seguramente su lectura de cabecera, sea feng shui: y el minimalismo correctivo de las macetas que ocultan las manchas de humedad de las paredes, y otros consejos para el mantenimiento de la armonía conceptual, pero yo conocí a una gran madama fanática de T.S. Eliot, y las vanguardias inglesas y norteamericanas, que le encantaba hablar de poesía y tararear incongruencias fonéticas con sus putitas de senos puntiagudos, bocinetas doradas fuego de la pasión descontrolada ―que permito― en su sótano carmesí, a wastelan´ que encontré caminando por calle esmeralda, cuando trataba de tararear mambrú y otras adormideras infantiles, y la máquina tragaperras que había alado del mostrador de madama Sosostris de Nalón, supuestamente donde había nacido, en un poblado rural en los catetos de Francia donde había sido expulsada por su profesión de elección.

 

Me habló.

 

―Acá te doy belladona, para que juegues con mis chicas.

 

Y con los ojos cerrados sacó de su chal unas pastis ―la señora de las piedras, la niña de las situaciones―, y continuó administrando su negocio, cobrándole el servicio a un tuerto marinero uruguayo que cargaba un chelo de dos metros, hablaba vahos baratos y no encontraba las pelas que era lo más importante, y poseso me senté a jugar las monedas en la perra, a wastelan´ se llamaba el tugurio, y madama Sosostris de Nalón lo administraba, pero su esposo ―o su putita de preferencia― era el dueño, un anciano de bulto adecuado para complacerla que ha llamado de su campanilla de latón.

 

Ella gritaba.

 

―Veni vidi vicious.

 

Y Fermín de Lanceló apuraba su cojera y la complacía en los placeres de la vida, ellos estaban juntos desde el primer momento en el que se encontraron en París, cuando madama era joven y Fermín ya era viejo ―desde entonces―, cuando ella bailaba tongos tangós, con un malevo argentino que le enseñó el castellano que tanto le gustaba, malón urbano el que entraba y mantenía ocupada con sus dedos encrespados con su bijou de Nan´, las maniqueas-tragaperras doradas de fuego y monedas de gratitud en juego.

 

Las pastis de Sosostris hacían fuerza y las manos me temblaban, ya no veía la jugada segura que me permitiría una vuelta más en la calesita que quería…

 

Para leer el poema de T.S. Eliot The Waste Land, presione aquí.

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