31-

1 Sep

Capítulo 1 acá.

2

 

Andrés caminaba por la calle entre uno y otro. Caminaba por la vereda de enfrente por donde las personas circulaban hacía sus trabajos, cuando ya los días no eran lo mismo y sobraban las objeciones y las quejas. No podía permanecer más tiempo en su casa, por lo tanto había decidido salir hoy a trabajar, o por lo menos eso había dicho. Iba a tratar de ver con sus ojos cansados eso que se le había prohibido, cuando el tiempo había decidido parar. El tiempo había tomado un curso nuevo. Diferente al que los tenía acostumbrados. Avanzaba. Se detenía. Retrocedía para volver a retomar su marcha. En ese momento se había paralizado.

 

Él caminaba por la calle entrecortando pasos aquí y allá, saltando galopes de taco, pasos y redobles. Con el diario bajo el antebrazo, recostado en la esquina sobre el semáforo amarillo, esperó que la luz cambiase de color al apropiado para cruzar. El semáforo dio la luz correcta y llegó al bar.

 

Cuando entró los platos y los pocillos hicieron los ruidos apropiados que se escuchaban en esos lugares, aquí y allá, cuchicheos de cucharas y vasos tintineando al compás de la radio. El mozo sirvió el café en la mesa de la esquina, no sin antes equivocarse. Depositó el pocillo sin leche y él se lo sipió sin rechistar. Todos ellos en el bar sentados en sus mesas individuales, sorbían sus recalentadas infusiones en silencio, pagaban y se retiraban para volver a trabajar.

 

Él no trabajaba, no deseaba seguir los pasos de su papá, no quería controlar lo que no se podía controlar. Su papá era un relojero, joyero, loquivenga en el Once, o eso era, por lo menos, lo que aparentaba. El Once, un barrio de calles angostas y veredas viejas, donde el sol, sólo en las tardes, caía perpendicular e iluminaba las vidrieras. Pero la del joyero no tenía escaparate, sólo un cartel y un felpudo. Él era el único lunático que ponía especial cuidado en el polvo que entraba en su tienda ya tiempo olvidada.

 

Sentado en su asiento junto a la ventana que miraba la calle, miraba como caían las hojas del diario cayendo en el adoquinado húmedo pasado de moda. Sus ojos pasaban desapercibidos entre sus manos que ocultaban la culpa, como un pájaro sentado en el mimbre del pasado que no permitía acercarse al presente. En el que ya no podía verse a los ojos, ni sentarse en el espejo. Sus miradas eran interceptadas y una calle llena de personas no podía ser vista sin desprecio.

 

Desenrolló en la mesita el diario con una mano y trató de leerlo. Las noticias no se dejaban leer. Los hechos terribles de ayer relatados como un folletín sin continuación le resultaban incomprensibles, como telenovelas incompletas de mala calidad, hechas sin esfuerzo y sin preocupación. Como si su única función fuese relatar asesinatos en entregas policiales, como feria de variedades: donde las gallinas y los juegos de plata, junto a la comicidad de los retratos a la venta escalonados en vitrinas sin vidrio, salvo el de las copas viejas que caen cuando uno se acerca a mirar y gira despreocupado, preocupado por no tirar lo que uno tiene frente a los ojos, sin pensar en lo que no se ve.

 

Ya el diario había muerto. La institución se había hundido en su propio monopolio, descontrolados se limitaban a entretener. Andrés pensaba que para la lectura de mañana prefería la radio. “La radio ha de ser el recurso preferido de hoy para enterarse de las noticias, de las noticias de hoy y de ayer”. Se recostó en el respaldo de la silla y reposó su mano y la frente en la mesa. Cerró los ojos y trató infructuosamente de no escuchar. Pero en la mesa de al lado el mozo hablaba con uno de los clientes.

 

—bbsb… sbsf… pfppf (como el ruido de una radio de onda corta —de esas pequeñas con protector de cuero marrón—, una Spika)…, trabajaba en la colonia Montes de Oca, su departamento estaba todo revisado, pero su cuerpo no apareció, no encontraron su cuerpo, nunca apareció.

 

—¿Cuándo fue esto?

 

—Ella trabajaba en el neuropsiquiátrico, donde en esa época había muchos robos de órganos. La doctora Jubileo nunca se encontró, trabajaba en un neuropsiquiátrico, …estoy hablando de hace 15 años atrás —lo poco que logro descifrar de su inmiscuida conversión ajena, recordó que compraba los diarios para seguir la historia— lo metieron en cana al marido como un año, él decía que era inocente, que era inocente y no sabia nada de ella. Que estaban separados de malos términos, por la tenencia de la hija, y nunca encontraron nada ni un hilo, ni un pelo, y en las estadísticas policiales quedó como el crimen perfecto.

 

—No me digas.

 

El café se enfriaba en la mesa.

 

—Ahí es cuando se empezó a hablar que en los Montes de Oca se empezó a ver que había muchos internos descuidados. Mira que no te quiero mentir, pero hasta un director del Montes de Oca lo echaron por lo que se dijo en ese momento —le resultó inútil seguir escuchando la conversación, el aburrimiento lo sobrepasaba y no lo entretenía.

 

En ese mundo sin clarososcuro, Andrés prefirió irse a caminar con su propia radio portátil y su cinta de libros recitados por Alfredo Halcón, un actor de variedades de años pasados que sobrevivía su profesión juntando trabajos como interprete. Esa tarde había de someterse a la voz de De Profundis, de la colección editorial Estado y Paradigma: Ed. EyP.

 

Continuará…

Una respuesta to “31-”

  1. Anónimo diciembre 8, 2009 a 2:17 pm #

    no es la unica desaparecida tambien en el monte de oca la mataron a chica onieva de villa ocampo santa fe para hacerla callar y todo quedo impune segun ella la dra los hiba a denunciar por lo que hacian tambien comento que la enterraron alli mismo en un terreno barroso

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