42-

27 Ago

–el profeta que reza–

Despertó de un sueño, de una historia que se repetía detrás de sus ojos cerrados, flotando, suspendido en el espacio.

Ahí estaba, tras caminar unos pasos, la huella que iba dejando al alejarse unos metros de la anterior parada. Como un elefante sin memoria, pesado, trompeaba con dejadez a cada nuevo paso que daba.

Las piedras se hacían puntiagudas bajo sus botas, filosas, dentadas, carnívoras como una mantis religiosa a punto de aparearse.

Las incontables horas que habían pasado desde su última comunicación con la central eran, como cada paso que lo alejaba aún más de donde había salido, como largas generaciones descendiendo de un único árbol que ya marchito iba a dejar de crecer. Los antiguos pueblos –su memoria confundía– contaban generaciones en los árboles, cada raíz un nombre diferente, cada una de las ramificaciones, una historia verdadera de guerras de supervivencia, relatadas hasta la última nervadura.

Él era el último brote, ya condenado a la extinción, de una gran arboleda. Él ya sabía que ahí estaba, perdido, muriendo, en el camino extenso hacia ningún lugar. Girando en traslación a un centro que no estaba allí.

Los próximos pasos iban a ser cruciales -pensó detenido-, tenía que decidir qué iba a hacer con las exiguas provisiones que había llevado en caso de emergencia. Había empacado en su bolso de supervivencia unos libros, un paquete de goma de mascar, un cuchillo de ejército, una pequeña linterna y cincuenta paquetes de jarabe superproteico y calórico. Lo bastante como para unos 100 días si lograba encontrar agua, ya que sólo cargaba con un litro de agua potable en circulación renovable pero no infinita. Sabía que bajo esas condiciones no podría sobrevivir más que un puñado de días en el polvo, sus fosas nasales al descubierto, aspirando miles y miles de partículas que taponaban sus vías respiratorias lograrían su cometido si no lo impedía.

La primera decisión.

En su entrenamiento de supervivencia le habían enseñado a permanecer siempre en el mismo lugar del accidente o donde se hubiese encontrado varado. Hacer una señal para ser descubierto, racionalizar sus pertenecías y parar, pensar, planificar. Las tres ppp del éxito en situaciones de emergencia.

Pero en ese momento se dio cuenta de que nadie lo iba a estar buscando, no había nadie que supiera que estaba allí, no había nadie más en el mundo. Estaba varado, estacado en el polvo suelto de la tierra. Estaba acompañado por sus propias huellas y las de nadie más, como un camino propio por el que nadie había transitado. Él era único, uno como el camino por el que arrastraba sus piernas.

Realizó otra entrada en su bitácora en la central, levantó su handy y dijo:

—Putaaa. La re puta. 15 horas, 24 minutos, 50 segundos, kilómetro 25 de la misión de exploración de la superficie, ningún sobreviviente, ningún rastro de nada, putaaaaa, dirección nor-noreste, ningún punto de referencia, estoy en… en algún puto lugar. FIN DE LA ENTRADA Nro. 3: MISIÓN EXPLORATORIA. A 14 kilómetros del hábitat de supervivencia unitaria.

​Su entrenamiento lo había preparado para todo tipo de contingencias, selva, desiertos costeros marinos e internos, bosques, sitios urbanos, guerra de guerrillas, combate clásico, estrategias de camuflaje, una lista interminable.

Pero no lo habían preparado para escuchar sólo su voz. Un eco que no reconocía, una orden era simple ejecutarla, no reconocer otro sonido más que su voz, ni siquiera su respiración que hacía eco con las piedras, con las finas partículas de polvo que formaban espirales ascendientes y descendientes por doquier; las trenzas y espirales que lo cegaban, no dejaban que el aire -aunque viciado- llegara a sus pulmones.

Rasgó una tira ancha de su remera y la utilizó para cubrir la cabeza, su boca y nariz. Caminó un paso más. El calor empezó a subir en su cuerpo, el sol golpeaba perpendicular a su cabeza y el sudor empezaba a deshidratarlo gota por gota. Decidió que debía bajar la temperatura de su cuerpo con todos los medios que poseía, pensó en su provisión de agua y no podía desperdiciarla de esa manera.

Giró la vista hacia un lado y luego hacia el otro. Miro hacia atrás y de nuevo hacia delante. Nadie. Sólo huellas, piedras y el aliento que se evaporaba frente a sí mismo como un fantasma que dejaba el lugar desierto. Bajó el cierre de su pantalón y se sacó la bandana que había elaborado con su ropa y empezó a mearla con cuidado, mojándola, empapándola con su orina. Una vez terminado, emprolijó la bandana mojada sobre su cabeza y tapó su cara con ella. Era desagradable pero no había nadie allí que le dijera nada. Había aprendido ese truco en uno de los tantos cursos de supervivencia que había tomado, juró en ese momento que jamás lo haría, no tendría situación posible en dónde aplicar desagradable truco. Pero aquí se encontraba solo, deshidratándose con cada paso, caminando hacia no sabía dónde y desesperado.

Ahora olía a meo.

Una formación rocosa se vislumbraba a unos cuantos kilómetros en el horizonte de vapor en donde arriba y abajo eran difíciles de determinar. La brújula interna giraba en su cabeza, su corazón caminaba por él. Seis horas habían pasado desde la última entrada en la bitácora, y seis kilómetros lo separaban de ahí. El viento había virado y ahora le pegaba en la nuca como maestro enfadado empujándolo hacia delante.

Las primeras rocas emergían entre las líneas de polvo que se desprendían de la superficie. Un eco empezó a atormentarlo, algo rebotaba en la pequeña montaña. Al principio no distinguió qué era para luego despertar a la simpleza del efecto. Sus palpitaciones, aceleradas por el esfuerzo físico, rebotaban en la montaña, nada más producía ruido, ni siquiera el viento que lo acompañaba. El ritmo de su corazón, cada ventrículo abriéndose y cerrando, bombeando cada cuadrante de su cuerpo, y saliendo de él, para conectarlo con el resto del entorno que lo abarcaba.

La noche llegó detrás de la montaña más alta que rompía el horizonte. Prendió un fuego con unos restos plásticos y trozos de cartón. Un poco de papel de un viejo libro, una cinta de un roto VHS y una radio semiderretida. Unos restos de basura que cubrían el área en la que se encontraba.

El fuego ardía silencioso. Un crepitar sordo amarillo y azul, las volutas de humo negro se desprendían líquidas del fuego. Comenzó a cantar, quizás producto del silencio o por una necesidad ancestral. Una raíz que lo unía como un árbol frondoso a una tierra que ya no era propia. La música sin razón empezó a retumbar en su esófago para cubrir la garganta y vibrar en sus dientes. Los pulmones enviaban la fuerza vital de la canción.

–My wild life is burning. Burning on the pyre. My wild life is burning, burning on thru this night. My wild life is burning. Burning on this pyre of mine.

Como un tambor antiguo repiqueteaban las palabras en su pecho dejando el aire apenas circular por su cuerpo. Había logrado una suerte de unidad con el lugar. Una noche de fuego sordo que lo dejó hipnotizado por la danza de esos demonios crepitar.

Despertó en su arnés flotando a 386 kilómetros de la tierra, unos cuantos incontables días después del evento final. La alarma sonó en el tablero central, sobre el compartimento que ocupaba en Zvezda. Flotaba sin peso. Sonó como el ritmo de su corazón, golpeando contra su pecho y el tablero.

Aquel día –ya pasado- no sabía que iba a ser el único sobreviviente de toda su familia, de todo su país, una nación huérfana. Un elegido por la casualidad. Uno entre 10 personas de diferentes países que iban a sobrevivir. Orbitando alrededor de la ubicación de un olvidado cuerpo celeste, en la Estación Espacial Internacional, su hogar, su lugar hasta…

La tierra desapareció bajo su mirada, como un vuelo de polvo en tirabuzón a través de la rendija de una celosía en una tarde cálida de verano en su antigua casa familiar…

Las piedras se hacían puntiagudas bajo sus botas, filosas, dentadas, carnívoras como una mantis religiosa a punto de aparearse.

Las piedras se hacían puntiagudas bajo sus botas, filosas, dentadas, carnívoras como una mantis religiosa a punto de aparearse.

… detrás de sus ojos cerrados, flotando, suspendido en el espacio.

Orbitando alrededor de la ubicación de un olvidado cuerpo celeste, en la Estación Espacial Internacional, su hogar, su lugar hasta...

Orbitando alrededor de la ubicación de un olvidado cuerpo celeste, en la Estación Espacial Internacional, su hogar, su lugar hasta...

El fuego ardía silencioso. Un crepitar sordo amarillo y azul, las volutas de humo negro se desprendían líquidas del fuego. Comenzó a cantar, quizás producto del silencio o por una necesidad ancestral. Una raíz que lo unía como un árbol frondoso a una tierra que ya no era propia. La música sin razón empezó a retumbar en su esófago para cubrir la garganta y vibrar en sus dientes. Los pulmones enviaban la fuerza vital de la canción.

El fuego ardía silencioso. Un crepitar sordo amarillo y azul, las volutas de humo negro se desprendían líquidas del fuego. Comenzó a cantar, quizás producto del silencio o por una necesidad ancestral. Una raíz que lo unía como un árbol frondoso a una tierra que ya no era propia. La música sin razón empezó a retumbar en su esófago para cubrir la garganta y vibrar en sus dientes. Los pulmones enviaban la fuerza vital de la canción.

4 comentarios to “42-”

  1. Polo ayllapan septiembre 22, 2009 a 3:27 pm #

    Hola!! Te dejo un link a un video-cuento para compartir. Saludos!!
    Polo Ayllapàn

  2. SirHacker666 octubre 16, 2009 a 6:39 pm #

    pasate por aca no te vas a arrepentir

    http://deliriosntiempo.foroactivo.com/forum.htm

  3. Nicolas Lopez noviembre 11, 2009 a 11:32 am #

    Muy bueno!
    Me gusto el final, aunque predecible.

    Hace algun tiempo escribí sobre algo similar. nircanico.blogspot.com

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